¿Por qué no estaríamos aquí? Desde que nos pusimos de acuerdo para vernos era obvio que algo tenía que suceder entre nuestros cuerpos deseosos de sexo.
Ella estaba sentada en la barra tomando una «cañita» de Fortuna. Tenía los labios pintados tenuemente de color rosa, no necesitaba más. Su piel clara hacia resaltar los demás colores que la adornaban, sobre todo el de sus ojos.
Cuando me acerqué a saludarla no pude resistirme; ¡la besé en la boca!
¡Ni se inmutó! Me correspondió el beso con un suspiro que desahogaba alguna necesidad reciente de afecto. Su lengua estaba fresca, y su sabor era casi dulce a pesar de la cerveza. O quizás me gustaba demasiado besarla, ¡qué importa!
Comenzamos a platicar de nuestro día. No es que no me importara lo que ella estuviera diciendo, pero no recuerdo nada. Me sentía como su estuviera mirando la «belleza del mundo», me encontré a mi mismo recargando mi cabeza en la palma de mi mano y sonriendo. Ella seguía hablando y yo no podía creer su hermosura; igual que cuando la conocí.
En esa ocasión también estábamos en un bar. Ella llegó después de trabajar. Se quejaba de que no podría quedarse por mucho tiempo pues su novio se molestaría.
Desde el primer momento que la vi la necesidad de besarla se apoderó de mí. Su sonrisa era escultural, y a pesar de lo cansada que se veía yo encontraba encantador hasta el color de sus uñas. Y claro que un día la besé, por gusto, lujuria, arrebato, desesperación; necesitaba probar su cuerpo, sentir su respiración al tener sexo.
¡Los vasos de cerveza fueron pasando y los roses voluntarios aumentando!
El color de sus mejillas cambió a un tono más encendido. Moría por abrazarla y besar su cuello, pero me limitaba a escucharla y darme cuenta de que no solo me gustaba por su belleza, sino que me enamoraba su forma de hablar, natural, inteligente, clara.
Ya no era la niña hermosa que conocí hace años, ahora era una mujer completa que seguía sonriendo igual de feliz que una niña, como si no tuviera ningún dolor en su vida, y claro que los tenía, pero había madurado al punto que sabía cómo mantener cada cosa en su lugar.
La noche avanzaba y sus ojos comenzaban a mostrar cansancio. Así que pedí la cuenta para que pudiera irse a descansar. Antes de pagar me preguntó si la podía llevar a su casa y me alegré de que lo hiciera, ¡porque yo quería hacer por ella todo y cualquier cosa!
¡Salimos del bar y no tarde en abrazarla por detrás y probar su cuello!
Ella sonrió y entrelazó sus manos con las mías. Así nos fuimos caminando, como si fuéramos uno solo. Llegamos al auto y antes de abrirle la puerta nos besamos, mucho, por un largo tiempo, con los ojos abiertos y después cerrados, acariciando nuestros cuerpos, luego separados, tomados de las manos o poniéndolas en nuestras espaldas.
Era como si quisiéramos saber que tantos movimientos podíamos hacer sin despegar nuestros labios. Entonces me detuvo en seco y cuando quise volver a besarla hizo su boca a un lado y sonrió, ¡estaba jugando conmigo!
Abrí la puerta para que entrara al automóvil y una vez que estuve al volante tome su mano, ella no me volteaba a ver. Así anduvimos hasta llegar a su casa. Me bajé, abrí su puerta y le di la mano.
La acompañé hasta la entrada y cuando quise besarla volvió a mover su cara y reírse, ¡era una tontería, pero una tontería linda! Estábamos jugando, como niños, y así, sin contexto alguno me preguntó “¿quieres palomitas?”, le dije que sí. Claramente yo no quería palomitas, ¡la quería a ella, pero si para seguir con ella tenía que comer palomitas o cualquier otra cosa, lo haría!
¡Subimos las escaleras y llegamos a su cuarto!
Ahí esperé un momento en lo que ella en verdad hacia palomitas. Su cuarto era como el de muchas mujeres, mucha ropa, peluches, mucho calzado, normal. Regresó y nos sentamos en un sillón que tenía a un costado de su cama. Acompañamos la charla con unos tequilas de una botella cristalina que estaba ahí.
De un momento a otro me dijo que se quería cambiar de ropa. Así que se paró y frente a un espejo de cuerpo completo comenzó a desvestirse, se puso una pijama y entonces ya más cómoda se sentó a la orilla de la cama.
— Hace mucho que no uso tacones, me da flojera irme arreglada al trabajo —dijo mientras se colocaba un par de zapatos y caminaba como tratando de recordar que se sentía.
— Tú siempre te vez bien, como quiera que estés vestida —le dije mientras la veía acercarse a mí.
— ¿Y sin ropa que tal me veo? —me dijo mientras se sentaba encima de mí y se quitaba su pijama. Me tomó entre sus brazos y acercó mi cabeza a sus senos que olían a un delicioso perfume. Parecía que todo su cuerpo estaba cubierto por esa sensual esencia.
¡Ella mi quitó los lentes y después la camisa!
Seguía encima de mí, solo traía puesta su tanga y los tacones que dejó caer al instante mismo que me levanté junto con ella para recostarla en la cama. Puse sus manos por encima de su cabeza para intentar controlarla, pero un instante después se zafó y desabrochó mi pantalón pidiéndome que mi quitara la ropa interior.
¡Así lo hice! De inmediato comenzó a masturbarme y a darme sexo oral.
Claro que lo estaba disfrutando, pero yo quería verla a ella gozar, así que cambiamos de lugar y fui yo quien comenzó a lamer sus labios vaginales, usaba toda mi boca para acariciar de distintas formas su clítoris.
Ella jadeaba un poco y lego comenzó a poner su mano en mi cabeza, la empujaba contra su sexo como si quisiera que presionara más fuerte mi lengua contra su clítoris, pero en lugar de eso cambie de movimientos, más rápidos, con la misma suavidad con la que se acaricia la parte más sensible.
Sentía como su esencia húmeda invadía toda mi boca, poder probar su sabor intimo hacía hervir mi sangre, más cuando con sus piernas apretó mi cabeza y se liberó en fluidos y gemidos.
¡Llevé ese premio húmedo en mi boca!
Me detuve a besar su ombligo y lamer su vientre hasta llegar a sus senos, tenía los pezones rígidos, sensibles. Yo los besaba y mordía tiernamente con mis labios, quería escuchar la respuesta en su voz. Sus jadeos eran adictivos y solo se apagaban al momento de besarnos.
Estábamos juntos, tocándonos sin pensar en nada, hasta que recordé que no traía condones. Ella me miró extrañada, creí que pensaba en lo mismo, que tendríamos que parar y deja lo de tener sexo para otra ocasión, pero en un movimiento violento me hizo penetrarla.
Me abrazó intensamente y gimió en mi oído “¡no te detengas!”.
Era tan estrecha que sentí por un momento que nuestras pieles se podrían desgarrar entre el calor y la humedad de su interior que al tiempo era blando y suave.
Nos movíamos de forma brusca, nuestros impulsos eran incontrolables, como dos adictos al calor en medio de una tormenta de nieve. No importaba que posición tomáramos, su meneo era siempre feroz y constante y sus gemidos acalorados hacían que todo en mi mente fuera más ardiente.
¡Nuestras entrepiernas estaban completamente empapadas!
Conforme pasaba el tiempo parecía que ella estaba lejos de su límite. Sin embargo, terminamos boca abajo estando yo encima de ella y en un arrebato de lujuria mientras la tenía prisionera de las manos gritó “¡vente dentro de mí, ya no aguanto!”.
Su frase se convirtió en un regalo, llevaba tiempo resistiendo y en el momento de eyacular dentro ella comenzó a temblar. Estábamos abrazados, unidos, sudando, consumidos por algo que solo supimos expresar así, teniendo sexo, mezclando nuestros cuerpos. Permanecimos sin decir nada, recuperando el aliento.
— No quiero que esto acabe, no me quiero desprender de ti, pero, hay alguien más -dijo esto con un sentimiento de culpa o remordimiento.
— Yo no hago lo que hago, ni estoy aquí para que me ames “Pretty Girl”, ¡estoy aquí y hago esto porque me gustas, porque te amo! —la besé en su nariz y tomé su barbilla con mi mano para dirigir su mirada a la mía— ¡y eso no va a cambiar solo porque tu estés con alguien más! -ella se acostó boca arriba para ponerme encima y aprisionarme con sus piernas.
— ¿Y qué tanto te gusto? —me preguntó con una cara seria.
— ¡Me gustas mucho! —dije queriéndola besar, pero ella me evitó.
— ¿Cuánto es mucho? —respondió con una mueca coqueta.
— Me gustas tanto como la cantidad de granos de arena en el mar —le dije besándola en la frente.
— ¿Y qué te gusta de mí aparte de tener sexo conmigo?
— ¡Todo! —respondí dándole un beso en su mejilla derecha.
— ¿Qué es todo? —me dijo sonriendo
— Me gustan tus ojos —y besé sus ojos— me gusta tu nariz –—y besé su nariz— me gustan tus manos —y besé sus manos…
Y la noche continuó así entre risas y juegos, como dos niños que se divierten sin preocupación de tener las consecuencias de los adultos, ¿por qué no estaríamos así? Era justo lo que deseábamos los dos, sexo entre amigos.